
Hay un fondo suave y real bajo todo lo que temes sobre el amor. El amor de Dios no viene, nunca se va, nunca espera que le abras la puerta. No exige un esfuerzo especial ni aguarda que cumplas condiciones. Está ahí, como la certeza dulce de quien sabe volver a casa y encuentra la luz encendida.
Aquí no estamos para aprender a amar. Nunca se trató de eso. Únicamente se trata de recordar el amor que nunca dejó de ser, aunque por momentos sintieras que la distancia era real. El amor verdadero, el de Dios, no se aprende, solo se deja recordar.
Esa búsqueda donde todo duele (y el amor no deja de sostenerte)
Lo sabes. Hay días—muchos días—a veces semanas enteras donde todo parece lejano, imposible. Quieres que alguien te vea, te elija—que te abracen justo cuando crees que no puedes más. Esperas una señal, un pequeño motivo para dejar de sentirte sola, solo, y, en esa búsqueda, cada palabra vacía, cada promesa rota deja un hueco aún más grande.
Esa es la trampa: necesitar que la vida te demuestre amor. Buscar, buscar, buscar. Amar para que te amen. Protegerte antes de que la herida despierte. Esperar recompensa, contar los gestos como si fueran puntos a favor en una carrera hacia el cariño.
Pero aunque duela, aunque nada fuera parezca llenarte, no hay error. El amor permanece. Te sostiene cuando ni lo ves, te recoge antes de que puedas rendirte.
Nada que ganar, nada que perder: El amor nunca fue una meta
Lo han dicho en cuentos, en canciones, en consejos tibios—hay que portarse bien, corregirse, merecer, ser suficiente, ganarse el amor. Y cuando crees que por fin lo tienes, el miedo a perderlo te roba la suavidad del presente.
Todas las personas aprendimos ese juego: amar dependiendo de lo que el otro dé, condicionar cada gesto, cada palabra, a lo que recibimos.
Pero el amor auténtico no puede doblarse a esos malabares.
- No hay un logro al que llegar
- No hay puntos para sumar
- No hay minutos que compensar
El amor es y basta. Nadie te lo concedió, nadie te lo pide. No puede cambiar porque tú cambias, no se retira aunque creas que lo has rechazado. Da vértigo, pero también tanta calma…
Eres amada, amado, en el mismo sitio interior—sin mérito, sin títulos, sin necesidad de disfrazar tus miedos.
Una luz que no pregunta: El amor de Dios no compara ni distingue
¿Sabes esa paz fácil, inocente y dulce con la que las criaturas pequeñas duermen sin preocuparse por el día siguiente? El amor de Dios es así—no mide, no pregunta, no divide. Lo abraza todo, sin separar entre quienes parece que aciertan y quienes tropiezan. El perdón aquí no es una medalla. Es el suspiro silencioso que borra la idea de que puedas estar en deuda.
- No hay nada que confesar para ser digna, digno
- No hay disculpa que contar
- No hay penitencia que pagar
Nadie fue especial por su herida, nadie fue menos por su error. El amor no distingue. Te reconoce, y ese reconocimiento basta para alegrar el alma.
Si logras dejar de contarte la vieja historia, aunque solo sea hoy, ahí está el amor. Descansas, sonríes sin darte cuenta, y ese refugio, pequeño y tibio al principio, es la verdad de lo que eres.
¿Por qué parece tan difícil? La memoria y el olvido entre tú y el amor
No tienes que luchar más. El miedo no es un enemigo, solo es olvido. La sensación de estar separada, separado, de necesitar un sitio, de tener que buscar afuera constantemente… es solo olvido.
Has construido una casa en la memoria de las faltas—pero el amor espera, pacientemente, cerca de la puerta. Basta con mirar hacia dentro y acordarte: no había viaje, solo regreso.
El amor te pertenece como pertenece la raíz al árbol. Y si quieres, puedes confeccionar una lista pequeña, para recordártelo en esa tarde larga en que nada parece aliviarte:
- No hace falta pedir nada al amor de Dios
- No hay condición que cumplir
- No importa cuántas veces creíste no merecerlo
- Siempre está disponible, justo cuando te cansas de buscar
No es magia, es ternura que siempre estuvo esperando.
El único requisito: Bajar la guardia
Hay una paradoja dulce en el amor de Dios: para vivirlo, no tienes que esforzarte ni cambiar. Al contrario, el único paso es bajarte del escenario, soltar el control, dejar que caiga la máscara de quien “quiere hacerlo bien”.
El perdón aquí es un regalo que te haces. No duele. Solo libera esa tensión crónica de querer tener razón, de desear justificarte, de esconderte por si acaso no eras suficiente.
Cuando dejas de luchar, todo el peso desaparece. No se lleva lo que eres, te lo devuelve intacto:
- Vuelve la calma, aún si hay tormenta fuera
- Se acuna la inseguridad, no con palabras, sino con una presencia que no se explica
- Aparece espacio donde antes solo había susto
Y ocurre, sí, ese pequeño milagro cotidiano de poder descansar, aunque todo siga igual por fuera.
Las barreras al amor (Y cómo se deshacen solas…)
Para que el amor de Dios no llegue, hace falta mucho empeño. Las barreras no las pone Él, las siembra la costumbre de protegerte. A veces ni te das cuenta:
- Levantas muros con recuerdos del pasado
- Enumeras razones para no confiar
- Juzgas, te juzgas, para evitar otra caída
- Buscas explicaciones donde solo hay miedo
¿La salida? No luchar contra las barreras. Solo mirarlas con ternura, reconocer que son parte de la vieja música y… dejarlas donde están. No hay que demolerlas, solo soltar el hacha.
El vacío que al principio duele… y después acoge
Casi siempre el alivio tarda. Se suelta una defensa y al principio solo llega el hueco, la sospecha incómoda: si ya no necesito luchar, si no quiero ser diferente, entonces… ¿qué hago ahora?
Sentirse perdida, perdido, es el precio breve antes de la paz. No tapones el vacío. Deja que el silencio te envuelva un instante. El amor llena ese hueco calladamente, como el sol calienta cada esquina después de la tormenta. No pide permiso.
Cuando por fin sostienes ese silencio, llega la paz que no necesita circunstancias.
- Es pequeña, no hace ruido
- No presume de haberlo conseguido
- Invita a quedarse allí, a descansar sin culpas
Y no importa si olvidas una vez, o mil. El amor sigue guardando el sitio.
Perdonar es amar el olvido (no la herida)
El perdón no es un acto solemne. No es regalo ni concesión. Es solo el grano de ternura que hace el amor fácil. Perdonar no aligera al otro: te regresa a ti la ligereza de quien ya no se defiende.
Perdonar es rendirse a lo que duele, entender que ni la culpa ni el juicio pueden hacerte más real esa separación que creías eterna.
- Miras el resentimiento y lo dejas marchar
- Observas la vieja herida y le permites ser recuerdo
- Te das, a ti sola, a ti solo, el regalo de volver
El amor solo espera esa rendición, como quien sabe que la casa siempre estuvo donde tu corazón quiso quedarse.
Si el amor nunca falla es porque nunca tuvo competencia
No tengas miedo de mirar la herida, el temor, el drama. El amor nunca se retiró por haber dudado. No puede fallarte. Porque nunca dependió de tí, ni de tus explicaciones o tus intentos.
Lo que falla —si falla algo— es la costumbre de olvidar. La costumbre de pensar que para ser digna, para ser digno, necesitas hacer algo más. El milagro no es una promesa, es una certidumbre. Habitas el mismo sitio de siempre. No te fuiste. No se fue el amor.
El susurro que te cambia el día: Una práctica para volver
Si alguna vez la soledad pesa demasiado, la confusión se convierte en niebla, prueba esto:
- Cierra los ojos
- Habla contigo como le hablarías a quien quieres mucho
- Repite en voz baja, aunque te suene raro: “No hay nada que tenga que hacer para que el amor me encuentre. Ya estoy aquí, y el amor también.”
- Si llegan dudas, míralas de reojo y déjalas pasar
- Si sientes el vacío, recuérdate: ahí es donde empieza la ternura
No necesitas convencerte, solo permitirte recordar. Aunque dure cinco segundos, es bastante.
El amor no termina nunca (ni tu papel en él)
El amor no tiene fórmulas, ni contratos. No pone tareas para mañana ni pide cuentas antes de dormir. Solo te pide permiso para acunarte, para cuidar de ti cuando ni tú sabes cómo seguir.
Quizá hoy sea un día torpe, de esos en que preferirías no hablar. Perfecto. El amor no huye del silencio.
No se pierde por olvidos, ni por emociones, ni por dudas.
Deja la pregunta abierta, deja el hueco donde el amor se cuela. No tapes el temblor.
Permítete, aunque solo sea hoy, imaginar que todo lo buscabas fuera siempre estuvo en cada latido, sin esperar turno, sin cansarse.
Déjale entrar. Y si no puedes, déjate estar. El amor no se cansa de esperarte.

