
LECCIÓN 16: No tengo pensamientos neutros.
Lección 16 del Libro de Ejercicios de UCDM
Lo que nadie admite por vergüenza, por miedo al qué dirán, por pereza incluso: mucho de lo que te duele lo has fabricado tú. No quiere decir que justifiques el daño recibido ni que seas responsable de la injusticia del mundo. Pero sí hay un mecanismo –por debajo, secreto y persistente– que sostiene el malestar.
Vas por la vida convencida, convencido de que lo que piensas no significa nada.
“Son ideas tontas, cosas que pasan por mi cabeza,” pero esas ideas, en realidad, germinan. Se siembran como semillas que esperan el momento de brotar.
¿Cuántas veces has sentido culpa por un pensamiento fugaz? ¿Cuántas veces ese pensamiento que despreciaste terminó drenando la energía de tu cuerpo, tu ánimo, tu creatividad?
Y te sigue sorprendiendo. Lo llamas coincidencia, carácter, destino. Pero es tu mente quien ha decidido la calidad de cada día.
Aquí empieza el dolor. “Lo que pienso no importa.” Mentira incomodísima, porque desmontarla implica admitir que el sufrimiento puede dejarse de fabricar. Y eso te quita las excusas.
El mecanismo oculto: todo lo que piensas tiene efecto
No hay manera de esquivar el principio: No hay pensamientos neutros. Todo, absolutamente todo lo que ocurre en tu interior se extiende hacia afuera como una sombra indiscreta.
Lo repites como mantra: “Solo son pensamientos.” Pero si eres honesta, honesto –de verdad–, sabes que no es cierto.
Imagina los días en los que te levantas con la cabeza llena de miedo: miedo al rechazo, miedo a no estar a la altura, miedo a que ese esfuerzo no sea suficiente. La forma del día ya está decidida.
Puede que haya momentos de alegría, de descanso, pero el fondo, la cobertura emocional, está marcada por esa primera idea.
Lo mismo ocurre con el pensamiento de ataque, de juicio, de comparación. No hay pequeño enojo que no sostenga un universo de amargura alrededor.
Puedes ignorarlo y vivir creyendo que el mundo es hostil, que las cosas simplemente son como son”. O puedes mirarlo de frente y aceptar que cada instante de paz, o de guerra, está determinado por lo que sostienes dentro.
La raíz de la separación: fabricar mundo desde la mente
El Curso no te pide heroicidad. Te pide verdad. Verdad en el acto más sencillo: mirar lo que piensas y dejar de hacerlo de menos.
¿De qué sirve creer que puedes tener pensamientos sin efecto? Es una trampa, una manera de no responsabilizarte, de seguir colocando fuera lo que solo puede cambiar dentro.
La separación ocurre cuando crees que tu mente es privada, que puedes pensar el mal y vivir el bien.
Pero en cada juicio lanzado a otra –a otro– en cada frase interior que exige justicia, reconocimiento, disculpa sincera, hay un pedazo del mundo siendo formado al molde exacto de tu conflicto.
No hay afuera separado. Las ideas de culpa, dolor, miedo… son ladrillos invisibles que montan el escenario.
“Cada pensamiento que tienes contribuye a la verdad o a la ilusión: o bien extiende la verdad o bien multiplica las ilusiones.” (L-pl.16.2:3).
Ahí se esconde el poder (y el vértigo) de la mente humana.
La tentación de ignorar lo pequeño (y cómo lo pequeño destruye lo grande)
Si eres como la mayoría, tienes una colección de pensamientos aparentemente irrelevantes.
- “Hoy no tengo ganas.”
- “Esta persona me da igual.”
- “No pasa nada porque lo ignore.”
El ego es experto en minimizar. Quiere que creas que puede separar lo peligroso de lo trivial, lo urgente de lo inofensivo. Y, sin embargo, todo pensamiento suma. ¿Qué pasa cuando acumulas pequeñas irritaciones, pequeñas decepciones, pequeños odios diarios? El resultado es grande, nunca neutro.
Empiezas a mirar la vida con hastío, a perder curiosidad, a sostener la costumbre de defenderte sin causa. No te das cuenta, pero te estás exiliando de la alegría verdadera. No es castigo divino. Es insistencia en negar que tu mente crea lo que ve. “Un resultado neutral es imposible porque es imposible que haya pensamientos neutros.” (L-pl.16.3:2). Esclava, esclavo del pensamiento que ignoras. Libre solo cuando te atreves a mirarlo.
Descubrir lo que fabricas y no quererlo
A veces la práctica del Curso parece absurda. Te pide cosas que el ego odia hacer:
- Pararte en medio del drama y admitir: “Esto viene de mi mente.”
- Recoger pensamientos diminutos y reconocerlos como igual de destructivos que una batalla campal.
- Dejar de hacer distinciones artificiales, dejar la lucha por convencerte de que hay excepciones.
No se trata de perfección. Se trata de honestidad radical. Nadie quiere mirar, porque mirar implica renunciar al victimismo.
Sabes que el odio es igual de destructivo que la irritación. Sabes también que pensar “no valgo” es igual de falso que “merecen hacerme daño”. Pero cuesta rendirse.
El ego pone defensas: “Solo es un pensamiento”, “No pasa nada”, “Ya se me pasará”.
Y así, cada paso en la práctica del Curso es aceptar la incomodidad de ver tu mundo creado a la medida de tus propias proyecciones.
¿Cómo se practica esto sin caer en la desesperación?
El Curso no exige heroicidad. Solo pide práctica honesta, sostenida, imperfecta:
- Siéntate, cierra los ojos un minuto.
- Escudriña tu mente, busca pensamientos “insignificantes”.
- No los ignores. Dales espacio.
- Observa si el impulso es minimizar: “No importa”, “No afecta”; recuerda: todo suma.
- Para cada pensamiento, repite: “Este pensamiento acerca de __ no es un pensamiento neutro.” (L-pl.16.5:2)
- Si te agota, déjalo estar. Tres sesiones bastan; si te resulta fácil, puedes probar cuatro o cinco.
La incomodidad aparece. Es normal. El ego odia ser mirado. No busques alivio instantáneo. No busques resultado. Solo observa el mecanismo.
Ejemplo real: el día en que una simple irritación se convierte en muro
Recuerda una de esas mañanas. No es tragedia, solo rutina:
Te levantas y el café está frío, la niña, el niño hace una pregunta que te descoloca, el tráfico se pone imposible. Piensas, sin darte cuenta: “Esto no tiene importancia, es solo molestia.”
Pero a media tarde ya estás cansada, cansado, el cuerpo pesa y todo lo que ocurre te parece una amenaza.
¿Qué ha pasado?
No era el tráfico, ni el café, ni el ruido del colegio. Eran los pensamientos que fuiste acumulando, uno tras otro:
- “Esta situación siempre es igual.”
- “Nadie me entiende.”
- “Tendría que cambiar algo.”
No hay neutralidad. Has fabricado tu realidad con pensamientos que descartaste en su momento. El Curso te invita a parar en seco y mirar allí, en lo pequeño, el principio de todo sufrimiento.
Todo pensamiento acarrea amor o miedo
Esto requiere honestidad que incomoda. La mayoría de las veces, cuando te observas pensar, crees que la neutralidad te protege:
“Mejor no le doy importancia, mejor finjo normalidad, mejor lo aparto.”
No funciona.
El pensamiento no es invisible. No hay distancia entre el origen y el efecto.
Cada idea sostiene una de dos opciones: Amor, o Miedo. No hay manera de escapar de la elección.
Hasta el pensamiento más “blanco”, más insignificante, sostiene una de las dos fuerzas.
Mira cómo una simple incomodidad (“No ha salido como esperaba”) termina en supervivencia… o en gratitud. Depende solo de la decisión de mirar.
La práctica que convierte lo ordinario en milagro
No es magia. No requiere credenciales. Requiere solo soltar el mecanismo de defensa:
- Hazte preguntas: ¿Qué estoy pensando ahora mismo? ¿Este pensamiento suma paz o conflicto? ¿Es amor o es miedo?
- Haz listas mentales de tus emociones sostenidas durante el día. No las juzgues, no las separes.
- Cuando notes desasosiego, repite para dentro:
“Este pensamiento acerca de __ no es un pensamiento neutro porque no tengo pensamientos neutros.” - Si el ego presiona, reduce la práctica. No busques hacerlo bien. Solo hazlo.
- Cuanto más honesta, honesto eres, menos fuerza tiene el mecanismo de proyección.
No promete paz, pero sí honestidad.
Descartar el pensamiento atemorizante: la trampa favorita
A quien practica el Curso, el ego le roba la esperanza allí donde parece más fácil:
- “Este pensamiento es absurdo, no merece atención.”
- “Son cosas pasajeras, insignificantes, mejor no mirar.”
- “En el fondo, todo es ilusión.”
La espiritualidad se utiliza como defensa, como evasión. Pero el Curso es radical:
“No merece la pena que nos ocupemos de ello, porque es una ilusión desde el punto de vista del Cielo.” Pero aquí, en el mundo, sí merece la pena. No para reforzar el miedo, sino para reconocer lo que hay, tras la cortina de indiferencia.
Ignorar el pensamiento no lo deshace. Solo lo protege, lo arma, lo sostiene durante días, años. Observa cómo un miedo ignorado termina impregnando todo lo que vives.
La honestidad es mirar la naturaleza destructiva de todos los pensamientos. No para darles fuerza, sino para dejar de negarlos.
Cuesta mirarlo, cuesta aceptarlo, pero sin ese paso no hay milagro posible.
¿Todo pensamiento es igual de destructivo?
La respuesta del Curso es incómoda, pero verdadera:
- Lo que no es amor es asesinato.
Duele leerlo, pero si lo piensas con honestidad, entiendes que lo que haces al odiar, juzgar o comparar es decidir que alguien –o tú misma, tú mismo– merece menos.
La mente errónea fabrica grado, diferencia, variedad. Pero no hay jerarquía de ilusiones. Desde la incomodidad, se puede empezar a soltar el escenario.
La rendición cotidiana: mirar sin defensa y soltar
Cada vez que decides mirar de verdad, aparece la rendición:
- No busques transformación instantánea.
- Admite: “No sé por qué pienso esto.”
- Deja de pelear.
- Si el ego te ataca, sonríe ante la imperfección.
- Nadie puede escapar de las ilusiones a menos que las examine, pues no examinarlas es la manera de protegerlas.
La práctica no te exige heroicidad. Te pide vulnerabilidad. No puedes escapar del sufrimiento que fabricas sin ser honesta, honesto ante el pensamiento que lo origina.
Ejercicio sencillo para experimentar la lección en vida real
Hoy has pensado, sufrido, deseado cosas que no has expresado. Haz esta práctica, sin buscar notas ni perfección:
- Siéntate un minuto, cierra los ojos.
- Busca pensamientos que normalmente pasarías por alto.
- No los separes por “importancia”. Todo vale.
- Por cada pensamiento repite:
“Este pensamiento acerca de __ no es un pensamiento neutro.” (L-pl.16.5:2). - Si se te cruzan ideas dolorosas, deja que se queden. No las cambies. Solo míralas.
- Observa cómo te sientes. Si hay incomodidad, termina antes.
No busques resultado final. El milagro comienza en la honestidad.
Se recomienda repetir este proceso (si puedes) 4-5 veces al día. Si resulta difícil, hazlo tres veces. La duración no importa. Lo que importa es la sinceridad.
¿Qué cambia cuando eres capaz de mirarte sin trampas?
No se trata de volverse infalible, ni de estar en paz constante. Se trata de que, poco a poco, la vida pesa menos.
Lo notas porque:
- El cuerpo parece más ligero.
- El impulso de juzgar disminuye.
- Tu curiosidad por lo cotidiano crece.
- Los dramas dejan de tener el mismo poder sobre ti.
- Aparecen momentos de apertura, de aprendizaje disponible.
No hay promesa. Hay posibilidad.
Los obstáculos inevitables: cómo honrar la resistencia sin rendirte
El ego es ingenioso. Usa el Curso contra ti:
- “No lo estoy haciendo bien.”
- “No consigo dejar de pensar basura.”
- “No puedo dejar de juzgar a esta persona.”
No caigas en su trampa. El perfeccionismo es del ego. La rendición auténtica es del Espíritu. Si te niegas a mirar, observa ese instante: no te ataques, solo déjalo estar.
Si la mente se lía, repite para dentro: “No sé lo que esto significa. Estoy dispuesta, dispuesto a ver de otra manera.”
La mayor revolución es la amabilidad.
El milagro cotidiano: el perdón se muestra
Cuando dejas de dar fuerza a tu pensamiento destructivo, el perdón aparece:
- Ya no dependes de que la vida cambie para sentirte en paz.
- Dejas de atacar, de defender, de comparar.
- El Espíritu puede recordarte el significado real del momento: el perdón.
No es narrativo, no tiene épica. Sucede como alivio, a veces tan sutil que parece nada. Y la vida parece más vida.
Lo que queda abierto: el arte de dejar de cargar lo que no es tuyo
No tienes que ser constante. No tienes que ser experta, maestro, ni luminosa. Solo prueba por un día:
- Observa lo que te irrita, lo que te alegra.
- Dirige la mirada dentro: “No tengo pensamientos neutros.”
- No prometas cambio, solo observa.
Un día lo harás sonriendo. Otro, llorando. La honestidad es siempre milagro.
El alivio físico de soltar el guion, dejar de luchar por tener razón, es el verdadero milagro. El mundo cambia cuando tú cambias la manera de pensar acerca de lo que ves.
Preguntas que quedan
- ¿Estoy dispuesta, dispuesto a mirar esto hoy sin defensa?
- ¿Puedo dejar de fabricar sufrimiento, aunque sea solo por cinco minutos?
- ¿Dónde empieza y termina mi mente, si el mundo que veo es su proyección?
El viaje no tiene cierre. La próxima lección será otra sacudida, otra oportunidad. Suelta el guion cada vez que puedas. Permite al Espíritu restaurar el significado real, el perdón.
No hay petición de perfección, solo de honestidad. Y si fallas, sonríe. El primer paso ya fue dado.
Continúa profundizando en la lección 16 de Un Curso de Milagros
Para seguir profundizando en el estudio de la lección 16, puedes consultar los malentendidos frecuentes y leer las preguntas clave que ayudan a aclarar dudas y a mirar la lección desde otra perspectiva. Estos recursos complementan el estudio y ayudan a comprender los matices que a veces se pasan por alto.
Test de autoindagación
INSTRUCCIONES
Este test está diseñado para honestidad, no para juicio. Nadie aprueba ni reprueba aquí. Solo mírate sin protección espiritual, sin excusas. Responde cada pregunta con la opción que describa lo que verdaderamente piensas, lo que vives; no lo que el curso “espera” de ti. Al final, acoge lo que surja. Ni avance ni fracaso: solo la oportunidad de ver dónde sigues sosteniendo separación.
PREGUNTAS (Marca A, B o C en cada una)

