
LECCIÓN 17: No veo cosas neutras.
Lección 17 del Libro de Ejercicios de UCDM
La mayoría de las personas que se asoman al Libro de Ejercicios de Un Curso de Milagros lo hace con una mezcla de esperanza y molestia. Esperanza porque, por fin, encuentras ideas que prometen un cambio real. Molestia porque esa promesa exige pagar un precio: soltar el viejo guion. Y nadie quiere quedar desnudo, ante la posibilidad de que el problema nunca estuvo en el mundo.
Vivir esperando que el mundo te trate bien. Que el cuerpo se porte. Que la gente no te traicione. Que la injusticia desaparezca. Van tres décadas, cuatro, cinco, y los mismos intereses, los mismos disgustos, las mismas defensas aparecen como la maleza. Juraste que esta vez sería diferente. Cambiaste de trabajo, de relación, leíste libros, hiciste retiros. Pero si eres muy honesta, muy honesto… el espectáculo se repite. Solo el escenario cambia.
“¿Por qué no me afecta igual un insulto que una maceta rota?” “¿Por qué trato de ignorar ciertas cosas y otras se clavan como una aguja?”
Crees tener el mapa pero no lo entiendes. El Curso viene y lo arranca de cuajo. Te dice: “Lo que ves no es neutro. Porque nada de lo que piensas es neutro.”
No hay objetos banales
Piedras, cuerpos, trabajos, dinero, hambre, soledad… Quieres que alguna categoría escape al dolor. Haces distinciones entre lo animado y lo inanimado, lo importante y lo superficial. Lo intentas. Pero la realidad, dice el Curso, es otra.
Cada percepción trae una huella—una marca invisible, clavada desde dentro.
Nada en ti, ni en lo que miras, surge sin un subtexto. Sin una energía—sin una intención secreta.
¿Has sentido esa incomodidad de mirar el mundo y pensar: “Esto no me importa”—solo para descubrir que, al cabo de unas horas, esa cosa mínima se transforma en molestia, resentimiento, incomodidad general?
No hay nada afuera neutro. Porque adentro, todo tiene color, forma, peso.
Lo animado y lo inanimado no existen
En la escuela, te enseñan a distinguir: lo vivo (animado) y lo muerto (inanimado). Como si las cosas fueran separadas. Como si pudieras amar a una persona y despreciar una piedra. Como si pudieras validar un cuerpo y olvidar una calle sucia.
El Curso deniega esa jerarquía. “No hay vida fuera del cielo.” Y la vida real, la alegría real, no tiene que ver con lo que ves. Tiene que ver con el significado que le sueltas, o que le das.
¿Has probado a mirar una planta y sentir enojo? ¿Has sentido que, al ver la basura o el tráfico, se activa la misma reacción interior que con una traición? No hay categorías serias. Lo que sostiene todo sistema de reacción es la mente. No hay nada neutro fuera, porque nada es neutro dentro.
El miedo a aceptar que las cosas tienen peso porque tú decides qué pesan
Decir que no hay cosas neutras es admitir, de golpe, algo aterrador: Todo lo que odias, amas, rechazas, toleras, es decisión tuya. No tuya en sentido egoico—no elegiste la experiencia, ni el trauma, ni la herida—pero sí elegiste dar significado, asignar sentido, sostener una interpretación.
Lo que ves es lo que quieres ver. ¿Molesta? Claro que sí. Porque la mayoría de las veces lo que quieres ver es lo que te hará sentir víctima, separado, vulnerable.
Ahí aparece el miedo, la resistencia:
- El ego te susurra: “Eso es injusto.”
- La culpa te ataca: “¿Cómo puedes ser responsable de este dolor?”
- El mecanismo interno se defiende: “Esto lo hacen para hacerme daño.”
Y la lección 17 dice: No hay cosas neutras. No hay personas neutras. No hay objetos neutros. Porque todo lo que llega a tu conciencia está filtrado por tu deseo consciente o inconsciente de verlo así.
La vergüenza—a veces sanadora, a veces paralizante—de aceptar que la percepción es proyección
Te levantas por la mañana y, a los cinco minutos, ya sabes si será un día de guerra o de tregua. No por los hechos, ni por lo que ocurre: por cómo lo interpretas.
La proyección crea la percepción. La percepción no es una causa. Es un efecto.
Admitir que el mundo —lo que ves y lo que experimentas— es fabricación interna es un acto de humildad radical. Significa quedarse sin excusa. Significa aceptar que todas las veces que señalaste afuera (la persona ofensiva, el compañero irrespetuoso, el jefe injusto, el cuerpo enfermo, el sistema fallido), lo único que hacías era depositar la culpa poco visible que ya venía contigo.
Culpa no por ser “mala” o “malo”, sino por seguir sosteniendo separación. Nunca fue la maceta. Ni el insulto. Ni la traición. Fue la decisión interna de mirar sin mirar.
¿Y para qué insistes en mantener la proyección? Por miedo. Por supervivencia. Porque si aceptaras que lo externo viene de lo interno, se acaba el guion. Se acabó el drama habitual.
La práctica como estudiante de UCDM—colisión directa con la verdad
No hay días brillantes en el camino del Curso. Hay colisiones. Lo intentas: Lees la lección. Repites la frase. Dices:
“No veo cosas neutras porque no tengo pensamientos neutros.” (L-pl.17.2:2)
Cierras los ojos, escudriñas el cuerpo. Buscas pensamientos inconsecuentes, molestos, aburridos, violentos. Sorprende, da miedo, da pereza. El ego empieza a atacar: “Esto es una bobada.” “No puede ser que mi odio a los atascos sea igual que el resentimiento hacia mi madre.”
La mente hace trampas. El ego compite. Y tú practicas igual.
Pequeños episodios cotidianos—testigos mudos del conflicto
- La música suena en la calle y parece molestar más de lo “normal”.
- El gesto de alguien en el trabajo que, sin motivo, te incomoda todo el día.
- Un comentario aparentemente inocente y la rabia que te queda pegada horas después.
- Un objeto fuera de lugar y el malestar que crece, como si fuera señal de algo peor.
- La mirada de una desconocida, de un desconocido, que te remueve el estómago.
Crees que puedes identificar lo “importante” y lo que no. Pero la mente funciona en otra frecuencia. Todo lo que tocas te afecta—no porque las cosas tengan poder, sino porque tu pensamiento ya ha decidido el significado que van a tener.
No hay neutralidad. Eso, aunque duela, salva de la repetición interminable del drama.
El mecanismo: pasos breves de sinceridad en la vida diaria
- No selecciones lo relevante: observa lo cotidiano, lo aparentemente irrelevante. La mancha en la camisa, el olor en el ascensor, la imagen en un cartel.
- Hazte la pregunta incómoda: ¿Mi reacción es realmente neutra?
- Admite: lo que consideras alegre o molesto parte del mismo lugar—tu disposición interior.
- Cuanto más observes sin distinción ni defensa, más notarás el patrón que se repite: tu juicio le da vida, poder, peso a cada cosa.
La violencia de la proyección: ¿puede el pensamiento más pequeño destruir la paz?
Si te asomas con honestidad a lo que propone Un Curso de Milagros, descubres que nuestra tu de ver no sostiene nada real. La diferencia que tanto te esfuerzas por marcar entre lo que late y lo que no late es solo una construcción mental, una etiqueta más.
Aquí, en la experiencia de este mundo, ninguna de esas divisiones responde a la verdad profunda. En el fondo, tanto una flor como una pared están hechas de la misma sustancia ilusoria.
Nada tiene vida real fuera del “Cielo”, fuera de nuestro origen. Todo lo demás son nombres y divisiones que parecen importantes, pero desaparecen cuando miras desde otro lugar.
La mente no descansa. Crea y recrea drama en lo pequeño. El odio crece más deprisa donde menos lo esperas: La rutina, el tedio, la costumbre…
Por eso el Curso no te pide heroísmo, ni espiritualidad radical. Te pide mirar de frente el lugar donde la neutralidad está prohibida.
Una tarde cualquiera: testimonio del pensamiento que decide
Piensa en una situación: Vas a tomar el autobús y un desconocido te empuja al subir. La mente apunta: “Fue grosero, no tenía respeto.” El roce físico se olvida en segundos, pero el pensamiento se queda, fermentando en el fondo.
Te entregas a otra tarea, pero el eco sigue. Al llegar a casa, cualquier pequeño contratiempo se cuela en la atmósfera: el correo que no llega, la comida que no sale bien, la llamada que se retrasa. En algún momento, sientes que el cuerpo pesa más, que la irritación está presente, que la paz ya no aparece por ningún lado.
¿De dónde vino? No fue el empujón, ni la tardanza, ni la comida. Fueron los pensamientos que decidiste no mirar, que pasaron desapercibidos porque parecían triviales, insignificantes.
La mente fabrica conflicto a partir de lo más pequeño. Si eliges mirar la raíz, permites que el milagro—aunque no siempre visible—empiece a hacer su trabajo.
La honestidad incompleta: el primer paso para soltar la culpa
No conseguirás resultados, ni paz, así sin más. La mente quiere hacer bien los ejercicios, la espiritualidad exige mérito. Pero lo único que puedes hacer es mirar con ternura el desastre que has creado. Sonríe si puedes. No interpretes nada.
Si el ego ataca, déjalo. Si la culpa aparece, reconócela. Si el cuerpo protesta, escúchalo. No corrijas. No resistas. Haz lo suficiente para seguir mirando, aunque te duela.
¿Y de verdad cambia algo cuando te atreves a practicar, aunque sea torpemente?
No vas a notar fuegos artificiales. No hay garantía de felicidad ni de paz instantánea. Lo que sí ocurre, a veces, casi sin darte cuenta, es que ciertos gestos de rabia pierden fuerza, los dramas cotidianos parecen menos urgentes, y esa ansiedad que antes te arrastraba baja algunos decibelios.
No es que la vida se transforme—el tráfico sigue igual de caótico, la gente sigue teniendo días malos, y tu cuerpo no se vuelve de oro—pero tú recuerdas, aunque sea sólo por momentos, que nada de lo que ves está libre de interpretación.
Ese mínimo cambio ya marca una diferencia: sueltas la necesidad de defender tus ideas y, por primera vez, puedes mirar tu mundo con algo de curiosidad, incluso cuando las ganas se escapan.
Te sigue costando experimentar alegría verdadera. Ves los días pasar y, por mucho que lo intentes, parece que el gozo profundo no aparece. Es porque aún no conectas con los pensamientos reales que dan vida; sigues sosteniendo creencias y juicios que te separan del amor.
Esa práctica rara, imperfecta, sostiene el milagro de abrir espacio para lo que antes parecía imposible. Aquí no hay promesa de plenitud, sólo ese alivio discreto de saber que el mundo no es neutro, y tú tampoco.
La vida que vale la pena—más allá del drama mental
Cuando cedes la interpretación, el Espíritu puede hacer lo que tú no puedes:
- Restaurar el significado real del momento.
- Saber quién eres.
- Recordar para qué pierdes energía odiando lo mínimo.
No hay promesa de felicidad. No hay gloria espiritual ni refugio. Solo hay la posibilidad honesta de no seguir alimentando el sufrimiento.
La lección no se cierra
Podrías terminar aquí y pedir alivio. Podrías exigir conclusiones, llamadas a la acción, promesas de paz.
Pero el Curso nunca promete seguridad. Sólo un compromiso mínimo: mirar sin mentira. No cierra, deja abierta la rendija donde la neutralidad desaparece y todo, absolutamente todo, se vuelve disponible para ser perdonado.
Preguntas que quedan
- ¿Puedo admitir que todo lo que veo es elección mía, aunque me incomode?
- ¿Qué significa estar viva, vivo, si el mundo que veo es sólo percepción proyectada?
- ¿Estoy dispuesta, dispuesto a mirarlo sin defensa?
El drama nunca termina. Pero cada vez que practicas, la rendición aparece, pequeña, casi decepcionante: “No sé qué significa esto. No sé cómo hacerlo bien. Pero quiero mirar sin atacar.”
Eso es suficiente. La próxima lección será otra grieta. No hace falta correr. Deja que la incomodidad se instale. El milagro perseguido ocurre justo cuando te rindes a mirar lo que odias y lo que amas como igual de disponible para el perdón.
Continúa profundizando en la lección 17 de Un Curso de Milagros
Para seguir profundizando en el estudio de la lección 17, puedes consultar los malentendidos frecuentes y leer las preguntas clave que ayudan a aclarar dudas y a mirar la lección desde otra perspectiva. Estos recursos complementan el estudio y ayudan a comprender los matices que a veces se pasan por alto.
Test de autoindagación
INSTRUCCIONES
Este test está diseñado para acompañarte en la autoindagación profunda, permitiendo que observes dónde aún mantienes el viejo esquema de proyección, defensa y separación. No hay respuestas correctas ni erróneas. No busques agradar ni aparentar. Solo responde con la mayor sinceridad posible, incluso si tus respuestas despiertan incomodidad o vergüenza. Marca A, B o C para cada pregunta; elige lo que de verdad ocurre en tu mente y tu vida.
PREGUNTAS (Marca A, B o C en cada una)

