Todo el mundo tiene derecho a los milagros, pero antes es necesaria una purificación · Práctica y Test

¿Sientes el impulso de enseñar? Empieza a construir tu camino como facilitador.

Ya lo has sentido más veces de las que quisieras. Ese cansancio en el pecho, ese día que termina y parece que solo deja más confusión. Ves historias de personas —mujeres valientes, hombres que han tocado fondo y han salido adelante— y, sin embargo, piensas que tu caso es diferente.

En tu vida el milagro no llega; la promesa de paz ni se asoma. Has leído, te has esforzado, has pedido ayuda, incluso has cambiado detalles cotidianos. Pero la sensación de que “algo funciona mal en mí” puede con todo.

La pregunta te golpea: ¿Por qué nunca recibo el milagro? ¿Había que haber nacido en otro cuerpo, en otro país, en otra familia? ¿Es sólo una cuestión de tener fe ciega?
Aquí es donde la enseñanza de Un Curso de Milagros descoloca —y libera.
El milagro no es cuestión de azar, ni privilegio de unas pocas, unos pocos. Está, y te espera.

Purificación: la gran confusión

La palabra pesa. Te la enseñaron con miedo. Cuando eras niña, niño, la “purificación” parecía una amenaza, un deber imposible. Purificarse era evitar errores, exigir penitencia, tachar deseos y forzar el cuerpo. No sólo las grandes religiones lo hacían: tu familia, las maestras, los abuelos, el entorno. Todo giraba alrededor de limpiar el exterior.

Pero ¿y si la limpieza real no tuviera que ver con el cuerpo, ni con rituales, ni con castigos? ¿Y si lo impuro solo fueran tus pensamientos, jamás tu piel, ni tus hábitos?

El principio del milagro lo deja claro desde el minuto uno. No importa la disciplina ni el sacrificio. No hay que mortificarse, ni renunciar al disfrute, ni alejarse del mundo. El cambio acontece dentro.

Lo impuro es lo que te separa, lo que juzgas sin querer aflojar, lo que te mantiene en la historia del pasado y en el miedo a lo que viene.

La purificación real, entonces, es íntima. Es el trabajo silencioso de mirar los rincones oscuros de la mente —sin terror, sin vergüenza, sin fingir.

¿Qué dice este principio realmente? Mira el fondo… y cambia lo que importa

Te toca intelectualmente. La trampa del principio se suele entender mal. No basta con imaginarse que la purificación es “sentirse bien”, “pensar positivo” o “hacer lo correcto”. La enseñanza va justo en dirección inversa:

  • Nadie está impuro, por su cuerpo, por sus actos externos.
  • El milagro no depende de quién seas por fuera.
  • No hay escala de errores, ni logros, ni caídas insalvables.

La purificación propone un giro brutal: Deja de mirar el cuerpo y el mundo externo como fuente de tu problema. Aprende a mirar los pensamientos: ahí está la raíz y el único lugar donde ocurre el milagro genuino.

¿De qué se trata entonces?

  • Aflojar conceptos rígidos, doctrinas y costumbres que te han alejado del amor.
  • Abandonar la defensa del ego, que te hace creer que tu culpa es especial y que tu herida no tiene salida.
  • Mirar de frente los pensamientos de separación: “Yo aquí, tú allí, el milagro es para otras personas.”

Purificación es negarte a seguir odiando. Negarte a justificártelo. Negarte al autojuicio.

Implica la disposición —no perfecta, no definitiva— de entregarle al Espíritu esos pensamientos, y de pedir con humildad que sean transformados.

El milagro es para todos, siempre y cuando estés dispuesta, dispuesto

Todo el mundo tiene derecho al milagro, aunque merecer no sea una palabra honesta en este proceso. Nadie queda fuera.

Piensa en esas veces en que observas con desconfianza a la gente que parece haber sanado algo que para ti sigue vivo. La mente trata de convencernos de que “ellas sí, yo no”, “él puede, yo no”.

¿Y si el milagro no dependiera de la experiencia externa, ni de los “méritos” espirituales, ni de los logros acumulados?

Una sola cosa cuenta. Estar dispuesta, dispuesto a dejar que la antigua percepción se desvanezca. Permitir —aunque sea por un segundo— que lo que te parecía definitivo, imposible de modificar, pueda verse desde otro nivel.

Hay una tradición —muy humana— de buscar milagros en lo espectacular, en gestos que rompen la lógica. No van por ahí los tiros.

El milagro es simple: la disponibilidad a que tu mente reconozca la presencia del amor donde antes sólo encontraba dolor.

No es caminar sobre el agua, ni que te toque una lotería existencial. Es abrirse a que el Espíritu —o como tú lo entiendas— te ofrezca una manera nueva de ver, sentir, perdonar. Nada más. Nada menos.

¿Quién pone los obstáculos? La mente, siempre la mente

Aquí llega la parte incómoda. El problema que te aleja del milagro nunca es tu historia, ni tu genética, ni tu clase social. El verdadero obstáculo es el espacio mental que sigue almacenando pensamientos de separación, culpa, miedo y juicio.

No vienen de fuera. Vienen de tus insospechados rincones internos:

  • Cuando te repites a ti misma, a ti mismo, que no mereces el perdón.
  • Cuando justificas el resentimiento porque “eso sí es imperdonable”.
  • Cuando reaccionas antes que pensar, y justificas el ataque con una montaña de argumentos.

La mente se contamina rápido. Purificarla significa interrumpir esos ciclos.

No hace falta que te conviertas en alguien “moralmente superior”, ni que cambies tu modo de vida abruptamente. Solamente tienes que aprender a mirar el pensamiento y decidir si quieres quedarte ahí. Aflojar el control. Soltar la defensa automática.

¿Cómo saber si necesitas limpiar tu mente?

Te dejo una lista sencilla que, si eres honesta, honesto, puede doler un poco, pero ayuda:

  • Sientes que el mismo resentimiento te visita una y otra vez, por las mismas o nuevas razones.
  • Hay cosas/personas/situaciones que aún no puedes mirar sin rabia, vergüenza o dolor.
  • La culpa te acompaña como una sombra, a veces abierta, a veces encubierta.
  • Crees que tu historia tiene peculiaridades que impiden de verdad el perdón.
  • Buscas excusas para no soltar la vieja herida (“no merece la pena”, “es lo que hay”, “no va a cambiar”).

La limpieza empieza justo ahí. No con promesas, no forzando. Sólo con la sinceridad de poner sobre la mesa tus pensamientos y aguantar el temblor de aceptarlos.

Paz: ¿qué significa en este camino? ¿Cómo la reconoces?

Toda vida espiritual auténtica se fractura cuando intentas medir el progreso por resultados visibles. ¿Te sientes mejor? ¿Ganas más confianza? ¿Consigues más milagros que antes? Olvida esas métricas.

La única medida que puedes —y debes— considerar es la paz interna.

¿Tu reacción ante el mismo problema ha cambiado aunque sea mínimamente? ¿Te resulta más fácil pausar antes de juzgar, atacar, defenderte?

No se trata de controlar los resultados, ni de mostrarlos a otras personas. De hecho, lo que importa es invisible y solo tú lo reconoces:

  • Puedes estar cerca de esa persona que antes te drenaba sin perder el control.
  • La situación que hace meses te hundía, ahora solamente te inquieta.
  • El juicio se frena un instante más, y descubres una rendija de compasión.

Eso es progreso. Eso es haber purificado una pequeña parte de la mente. Y no, no necesitas continuar si no puedes, pero conviene recordarlo cuando el ego te diga que no has cambiado nada.

Mala praxis espiritual: lo que no ayuda (y lo que sí)

Errores habituales, para sumar honestidad a la práctica diaria de la purificación:

  • Intentar arreglar el cuerpo, cuando el problema está en la mente.
  • Creer que con disciplina externa (dietas, abstinencia, renuncia física) se resuelve lo profundo.
  • Medir el avance según reconocimiento ajeno, rituales, normas externas.
  • Castigarte cada vez que “retrocedes” en tu proceso.
  • Creer que hay heridas tan profundas que ni el amor de Dios puede sanarlas.

Pequeños gestos que sí abren camino al milagro:

  • Parar antes del ataque (siquiera por unos segundos).
  • Anotar los pensamientos tóxicos sin juzgarlos, sólo para observarlos.
  • Ofrecerle al Espíritu —con la palabra que tú quieras— la herida que creías imposible de sanar.
  • Permitir el perdón como posibilidad, sin presión de hacerlo “ya”.
  • Dudar de la veracidad de tus historias antiguas antes de defenderlas a muerte.

El milagro se practica en lo corriente, y ahí es donde hace falta

Nos gusta buscar señales espectaculares, cambios radicales, epifanías de película. Pero la vida va en otra dirección. El milagro se cuela en esas horas tediosas, en la relación que tienes con tu madre, con tu jefe, con tu cuerpo. Se presenta en discusiones donde antes reaccionabas con ira, y ahora reconoces el susto y decides no responder igual.

Amar no es una experiencia inmaculada, una música de fondo triste. Amar es practicar el gesto humilde de no atacar cuando “tienes motivos”, de renunciar al resentimiento aunque te haya acompañado siempre, de perdonar la interrupción en mitad de la meditación.

Nadie se vuelve santa, santo, por practicar esto. Tampoco te haces mejor persona. Simplemente, cada vez te apartas menos del amor. Y eso transforma.

Por qué tu amor nunca es insuficiente

La presión por ser “muy buena”, “muy evolucionado”, “más espiritual” sabotea el milagro constantemente. Hay momentos en que te parece que lo que sientes no es bastante, que tu compasión es mediocre, que tu perdón apenas roza la superficie.

Pero no hay grados de amor. Ningún instante donde sueltas el juicio es insignificante en este camino. El milagro ocurre cada vez que te permites mirar con menos defensa y con más deseo de paz.

Perdonar una nimiedad, una discusión tonta, es tan útil como estar en paz con alguien que destruyó tu confianza. No hay metros, ni litros, ni medidas. Hay honestidad. Hay práctica, solo eso.

Enseñar el milagro: no por palabras, sino por presencia

A veces crees que ayudar a los demás, implica convencer, instruir, dar ejemplo explícito. No. Se trata de respirar, de permanecer en la honestidad, de no defender las viejas historias.

Tus hijos, tus amigas, tu pareja, sienten la diferencia incluso cuando no dices nada. El milagro circula invisible, en la capacidad de sostener el conflicto sin perder la dignidad, en la disposición a mirar la herida sin exigencia de curación instantánea.

La enseñanza reside en tu disposición cotidiana a no atacar, a no defender el sufrimiento como único modo de estar. Y eso, repito, no necesita palabras.

Cuando fallas, cuando caes, cuando la culpa quiere quedarse…

A nadie le sale bien este trabajo siempre. Te tropezarás, caerás, volverás atrás. No por eso pierdes derecho al milagro. La práctica honesta es perdonarte por volver al mecanismo antiguo, por registrar la culpa, por sentirte “menos”.

Cada error —cada regreso al drama— es solo una oportunidad para recordar que la mente está en proceso de purificación, no de juicio. La perfección es una trampa. La práctica es humana, imperfecta.

Conviene entonces aceptar que el milagro nunca castiga, nunca se retira por tus errores. Solo pide volver a abrir la puerta.

¿Estás lista, listo para dejar a la mente hacer espacio al milagro?

Nadie puede empujarte más allá de la disposición interna. No hay prisa, no hay reglas. Cuando te veas a punto de reaccionar igual que siempre, puedes elegir no hacerlo. Ese gesto minúsculo es milagro.

La purificación mental es el eje de todo el recorrido. Aquí, ahora, te toca decidir si quieres, aunque sea tímidamente, que el milagro tenga espacio. No para resolverlo todo de golpe. Sólo para no quedarte en la misma sala, con la misma suciedad emocional y mental cada año, cada día.

Lo importante es el próximo paso

No hay final perfecto, no hay cierre. Solo una secuencia de gestos, de prácticas torpes, de momentos donde eliges mirar tú historia de forma más suave. El milagro no es distante, ni lejano, ni exclusivo. Es cotidiano, íntimo, inesperado.

Todo depende de tu disposición real a limpiar tu mente, aflojar las defensas y abrirte a una práctica del amor desnudo, a veces lleno de dudas, otras veces pleno de esperanza.

El siguiente principio de los milagros te espera cuando estés preparada, cuando estés preparado. No porque lo merezcas más que nadie, sino porque ninguna herida escapa a la posibilidad de ser vista con otros ojos.

Test de autoindagación

INSTRUCCIONES

Este test es un filtro de honestidad. No busques el resultado agradable, ni te asustes por reconocer tu estado interior. Eres llamada, llamado, a la sinceridad. Lee cada pregunta. Escoge la letra que más te desnuda en este instante: A, B o C.

No quieres que el ego responda por ti; quieres recordar quién eres. Este test no juzga, sólo revela. Después, revisa tu resultado y sumérgete en la interpretación.

PREGUNTAS (Marca A, B o C en cada una)

1. Cuando escuchas que el milagro es tu derecho, pero se requiere purificación previa, ¿qué surge?



2. ¿Cómo reaccionas al recordar que la purificación NO tiene que ver con el cuerpo ni con actos externos?



3. Cuando surge culpa o resentimiento, ¿dónde buscas resolverlo?



4. Al pensar en perdonar a quien te hirió profundamente, tu primera reacción es:



5. Cuando enfrentas miedo o ansiedad, reaccionas así:



6. ¿En qué medida confías en que el milagro es accesible para todas y todos?



7. ¿Qué haces cuando descubres pensamientos de ataque o juicio?



8. Ante la idea de que el cuerpo es neutral y la mente la fuente de ilusión o verdad:



9. ¿Cómo manejas los pensamientos de separación (“yo aquí, tú allá”, “esto es mío, aquello es tuyo”)?



10. ¿Puedes aceptar que la purificación exige mirar tu propia mente… aunque duela?



11. Cuando alguien te confronta, ¿qué surge primero?



12. ¿Para ti, el progreso espiritual real se mide…?



13. ¿Qué ocurre si no ves efectos inmediatos tras practicar la purificación mental?



14. ¿Cómo interpretas tus retrocesos, caídas o dificultades en la práctica?



15. ¿Qué lugar ocupa la humildad en tu proceso con el milagro y la purificación?



16. ¿Hay zonas de tu mente o vida donde decides: “Aquí no aplico el milagro”?



17. ¿Te atreves a pedir ver con nuevos ojos aquello que has juzgado años, incluso si duele?



18. ¿Puedes aceptar que el perdón no es para la otra, el otro, sino para liberar tu mente del sufrimiento?



19. Cuando el ego insiste en especialismo, culpa o separación, ¿qué haces con su voz?



20. ¿Al mirar la vida y quienes te rodean, qué eliges hacer hoy con esta lección?



¿Eres maestro, facilitador o terapeuta? ¡Haz que tu mensaje llegue más lejos!

Mi nombre es David Pascual, y soy la persona que está detrás de UCDM GUIDE.

Aquí comparto lo que aprendo sobre Un Curso de Milagros, con el fin de apoyar a estudiantes en su práctica. También ayudo a facilitadores y maestros a mejorar su comunicación digital y personal.

Cada semana comparto reflexiones y recursos por email (apúntate en el pop-up). Si eres facilitador o maestro también puedes hacerlo en mentoring.ucdm.guide.

Si quieres, escríbeme; estaré encantado de ayudarte en lo que necesites.

Mi deseo es que lo que encuentres aquí te acompañe en tu camino a reencontrarte contigo mismo.

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